Zenfolio | José Luis Briz - Photography | Via Marchesana 12

Via Marchesana 12

May 12, 2018

Via Marchesana 12Via Marchesana 12Bologna, Maggio 2018

[It. /Esp. /Eng.]

Sono stati piú da venti anni che non passegiaba per Bologna, C'erano degli amici a rivedere, tante cose a raccontare, tante storie a sentire. Pasato e presente così vicini, così legate, in pochi ore...

Fino allora egli era avanzato per la spensierata età della prima giovinezza, una strada che da bambini sembra infinita, dove gli anni scorrono lenti e con passo lieve, così che nessuno nota la loro partenza. Si cammina placidamente, guardandosi con curiosità attorno, non c'è proprio bisogno di affrettarsi, nessuno preme di dietro e nessuno ci aspetta, anche i compagni procedono senza pensieri, fermandosi spesso a scherzare. Dalle case, sulle porte, la gente grande saluta benigna, e fa cenno indicando l'orizzonte con sorrisi di intesa; così il cuore comincia a battere per eroici e teneri desideri, si assapora la vigilia delle cose meravigliose che si attendono più avanti; ancora non si vedono, no, ma è certo, assolutamente certo che un giorno ci arriveremo.

Ancora molto? No, basta attraversare quel fiume laggiù in fondo, oltrepassare quelle verdi colline. O non si è per caso già arrivati? Non sono forse questi alberi, questi prati, questa bianca casa quello che cercavamo? Per qualche istante si ha l'impressione di sì e ci si vorrebbe fermare. Poi si sente dire che il meglio è più avanti e si riprende senza affanno la strada.

Così si continua il cammino in una attesa fiduciosa e le giornate sono lunghe e tranquille, il sole risplende alto nel cielo e sembra non abbia mai voglia di calare al tramonto. Ma a un certo punto, quasi istintivamente, ci si volta indietro e si vede che un cancello è stato sprangato alle spalle nostre, chiudendo la via del ritorno.

Dino Buzzati, Il Deserto dei Tartari, cap. 6

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Han sido más de veinte años sin pasear opr Bolonia. Había amigos para ver, muchas cosas para contar, muchas historias para escuchar. Pasado y presente tan cercanos, tan ligados, en pocas horas...

Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas, y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.

¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.

Así se continúa andando en medio de una espera confiada, y los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.
Cierran en cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar.

El Desierto de los Tártaros, Dino Buzzati, cap. 6

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It's been more than twenty years that I hadn't walked around Bologna. There were friends to visit, so many things to tell, so many stories to listen. Past and present so close, so linked, in just a few hours...

Up to then he had gone forward through the heedless season of early youth—along a road which to children seems infinite, where the years slip past slowly and with quiet pace so that no one notices them go. We walk along calmly, looking curiously around us; there is not the least need to hurry, no one pushes us on from behind and no one is waiting for us; our comrades, too, walk on thoughtlessly, and often stop to joke and play. From the houses, in the doorways, the grown-up people greet us kindly and point to the horizon with an understanding smile. And so the heart begins to beat with desires at once heroic and tender, we feel that we are on the threshold of the wonders awaiting us further on. As yet we do not see them, that is true—but it is certain, absolutely certain that one day we shall reach them.

Is it far yet? No, you have to cross that river down there, go over those green hills. Haven’t we perhaps arrived already? Aren’t these trees, these meadows, this white house perhaps what we were looking for? For a few seconds we feel that they are and we would like to halt there. Then someone: says that it is better further on and we move off again unhurriedly.

So the journey continues; we wait trustfully and the days are long and peaceful. The sun shines high in the sky and it seems to have no wish to set. But at a certain point we turn round, almost instinctively, and see that a gate has been bolted behind us, barring our way back.

The Tartar Steppe, Dino Buzzati. Ch. 6.

 

Bologna, Maggio 2018

[It. /Esp. /Eng.]

Sono stati piú da venti anni che non passegiaba per Bologna, C'erano degli amici a rivedere, tante cose a raccontare, tante storie a sentire. Pasato e presente così vicini, così legate, in pochi ore...

Fino allora egli era avanzato per la spensierata età della prima giovinezza, una strada che da bambini sembra infinita, dove gli anni scorrono lenti e con passo lieve, così che nessuno nota la loro partenza. Si cammina placidamente, guardandosi con curiosità attorno, non c'è proprio bisogno di affrettarsi, nessuno preme di dietro e nessuno ci aspetta, anche i compagni procedono senza pensieri, fermandosi spesso a scherzare. Dalle case, sulle porte, la gente grande saluta benigna, e fa cenno indicando l'orizzonte con sorrisi di intesa; così il cuore comincia a battere per eroici e teneri desideri, si assapora la vigilia delle cose meravigliose che si attendono più avanti; ancora non si vedono, no, ma è certo, assolutamente certo che un giorno ci arriveremo.

Ancora molto? No, basta attraversare quel fiume laggiù in fondo, oltrepassare quelle verdi colline. O non si è per caso già arrivati? Non sono forse questi alberi, questi prati, questa bianca casa quello che cercavamo? Per qualche istante si ha l'impressione di sì e ci si vorrebbe fermare. Poi si sente dire che il meglio è più avanti e si riprende senza affanno la strada.

Così si continua il cammino in una attesa fiduciosa e le giornate sono lunghe e tranquille, il sole risplende alto nel cielo e sembra non abbia mai voglia di calare al tramonto. Ma a un certo punto, quasi istintivamente, ci si volta indietro e si vede che un cancello è stato sprangato alle spalle nostre, chiudendo la via del ritorno.

Dino Buzzati, Il Deserto dei Tartari, cap. 6

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Han sido más de veinte años sin pasear opr Bolonia. Había amigos para ver, muchas cosas para contar, muchas historias para escuchar. Pasado y presente tan cercanos, tan ligados, en pocas horas...

Hasta entonces había avanzado por la despreocupada edad de la primera juventud, un camino que de niño parece infinito, por el que los años discurren lentos y con paso ligero, de modo que nadie nota su marcha. Se camina plácidamente, mirando con curiosidad alrededor, no hay ninguna necesidad de apresurarse, nadie nos hostiga por detrás y nadie nos espera, también los compañeros avanzan sin aprensiones, parándose a menudo a bromear. Desde las casas, en las puertas, las personas mayores saludan benignas, y hacen gestos indicando el horizonte con sonrisas de inteligencia; así el corazón empieza a latir con heroicos y tiernos deseos, se saborea la víspera de las cosas maravillosas que se esperan más adelante; aún no se ven, no, pero es seguro, absolutamente seguro, que un día llegaremos a ellas.

¿Queda aún mucho? No, basta con atravesar aquel río de allá al fondo, con franquear aquellas verdes colinas. ¿No habremos llegado ya, por casualidad? ¿No son quizá estos árboles, estos prados, esta blanca casa lo que buscábamos? Por unos instantes da la impresión de que sí y uno quisiera detenerse. Después se oye decir que delante es mejor, y se reanuda sin pensar el camino.

Así se continúa andando en medio de una espera confiada, y los días son largos y tranquilos, el sol resplandece alto en el cielo y parece que nunca tiene ganas de caer hacia poniente.
Pero en cierto punto, casi instintivamente, uno se vuelve hacia atrás y ve que una verja se ha atrancado a sus espaldas, cerrando la vía del retorno. Entonces se siente que algo ha cambiado, el sol ya no parece inmóvil, sino que se desplaza rápidamente, ¡ay!, casi no da tiempo de mirarlo y ya se precipita hacia el límite del horizonte; uno advierte que las nubes ya no se estancan en los golfos azules del cielo, sino que huyen superponiéndose unas a otras, tanta es su prisa; uno comprende que el tiempo pasa y que el camino un día tranquilo tendrá que acabar también.
Cierran en cierto punto a nuestras espaldas una pesada verja, la cierran con velocidad fulminante y no da tiempo de regresar.

El Desierto de los Tártaros, Dino Buzzati, cap. 6

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It's been more than twenty years that I hadn't walked around Bologna. There were friends to visit, so many things to tell, so many stories to listen. Past and present so close, so linked, in just a few hours...

Up to then he had gone forward through the heedless season of early youth—along a road which to children seems infinite, where the years slip past slowly and with quiet pace so that no one notices them go. We walk along calmly, looking curiously around us; there is not the least need to hurry, no one pushes us on from behind and no one is waiting for us; our comrades, too, walk on thoughtlessly, and often stop to joke and play. From the houses, in the doorways, the grown-up people greet us kindly and point to the horizon with an understanding smile. And so the heart begins to beat with desires at once heroic and tender, we feel that we are on the threshold of the wonders awaiting us further on. As yet we do not see them, that is true—but it is certain, absolutely certain that one day we shall reach them.

Is it far yet? No, you have to cross that river down there, go over those green hills. Haven’t we perhaps arrived already? Aren’t these trees, these meadows, this white house perhaps what we were looking for? For a few seconds we feel that they are and we would like to halt there. Then someone: says that it is better further on and we move off again unhurriedly.

So the journey continues; we wait trustfully and the days are long and peaceful. The sun shines high in the sky and it seems to have no wish to set. But at a certain point we turn round, almost instinctively, and see that a gate has been bolted behind us, barring our way back.

The Tartar Steppe, Dino Buzzati. Ch. 6.