Se cargan millones de imágenes en las redes sociales cada minuto (unas cien mil sólo en Flickr). La mayoría son instantáneas de móvil sacadas sólo para enviar mensajes del tipo "Estoy o estuve aquí", "mira esta cosa increíble" o "tengo un cachivache nuevo". Se desvanecen tan pronto como llegan. Se convierten en material viejo e inútil justo apenas unas horas tras haber sido creadas. Incluso quienes nos definimos como amantes de la fotografía compartimos frenéticamente nuestras imágenes sin ninguna posibilidad de observarlas más que unos pocos segundos. Miramos tantas imágenes que no podemos ver ninguna. Tan poderoso es este diluvio de imágenes que, según parece, tiene más sentido adoptar/reciclar/re-trabajar fotografías preexistentes para crear/prescribirles nuevos significados, que añadir nuevas fotos a una corriente desbocada y salvaje. El valor o calidad depende ahora del uso. Definimos esto como postfotografía, al menos mientras no encontremos otro término mejor, parafraseando a Joan Fontcuberta.

Pero el hecho de que haya millones de personas haciendo fotografías cada segundo no quiere decir que fotografiar no tenga valor. Millones de personas tienen sexo cada segundo en el mundo, y eso no quiere decir que tener sexo sea irrelevante. Por otra parte, podemos tener sexo o hacer el amor, y hay sutiles diferencias.

Dicho esto, la contemplación requiere un perspectiva elevada, una visión más ambiciosa, una posición adquirida mediante la acumulación de pensamientos, esfuerzos y experiencias para encontrar viejos y nuevos significados. De otro modo caemos en la estrechez de miras, en la intolerancia, en el provincialismo, y finalmente en la falta de entendimiento mutuo.

Ésta es una de las razones por las que como sociedad necesitamos el Arte. Un salvavidas para el Diluvio Universal de las Imágenes.

Y ésta es una de las razones por la que sigo fotografiando, intentando proporcionar ventanas espejadas, encuadradas con un propósito, cuyo último significado sólo puede proporcionarlo el observador implicado.

Como todos tenemos la compulsiva necesidad de darle nombre a las cosas, en mi estrecho grupo de amigos hemos convenido en llamarle a esto Fotosofía.

José Luis Briz, Enero 2018